Lecciones del pasado

27/Nov/2014

Búsqueda, Cartas al Director, Dr. Eduardo Kohn

Lecciones del pasado

Sr. Director:
76 años después. El
totalitarismo no nace de un día para el otro ni surge de otro totalitarismo
como si fuera una suerte de herencia equivocada.
El totalitarismo se
prepara, generalmente por mucho tiempo, y luego, cuando da el zarpazo, destruye la democracia,
porque es precisamente en medio de democracias que el totalitarismo se
desarrolla y crece. El nazismo no fue excepción de estas reglas generales.
La democracia alemana de
la década de los veinte en el siglo pasado, no solo no se defendió sino que
comenzó a establecer un diálogo crítico, pero diálogo al fin, con el Partido
Nacionalsocialista, y este aprovechó esos años, entre 1923 y 1933, para consolidarse
ideológicamente.
Las instituciones nada
hicieron ante los encuentros anuales de los nazis y los ataques contra la
democracia que constituían los discursos en esas oportunidades. Escucharon
todas las diatribas racistas ya estampadas en “Mi Lucha” por Hitler y sus
secuaces, todas las promesas de rearme, todas las amenazas de agresiones y
violencia, pero no hubo reacción.
Así que, cuando a fines
de la década de los veinte comenzaron a ingresar los primeros diputados y
representantes nacionalsocialistas en los Parlamentos Regionales y también en
el Parlamento Nacional alemán, estos aprovecharon todos los privilegios y
fueros parlamentarios para atacar lo que ellos llamaban “el sistema”, o sea la
democracia. Los demócratas creían que el totalitarismo que pregonaban los nazis
era un tema pasajero.
La historia enseña que si
un 20% de la población apoya activa o pasivamente a sectores golpistas, el
sistema político marcha al colapso. Porque la mayoría, el 80%, no actúa, no
participa ni se defiende activamente; entonces, con un 20% decidido, el sistema
puede colapsar. Las democracias no solo pueden ser lentas, sino peor,
incrédulas. Cuando la democracia alemana intentó reaccionar, los primeros
campos de concentración funcionaban a todo ritmo.
Recordemos que cuando los
nazis llegaron al poder en 1933, solo alcanzaron tener un 30% de representación
parlamentaria.
Paradójicamente, todo lo
que lograron estos sectores antidemocráticos se basó en la utilización de todos
los recursos que brindaba la democracia para imponer sus fines. Luego, con
rapidez, llegaron las persecuciones políticas, el incendio del Parlamento, las
leyes raciales, el comienzo del antisemitismo que llevaría a quemar primero sus
edificios, luego sus libros y finalmente a las personas.
La Noche de los Cristales
Rotos llega como consecuencia del colapso democrático, pero también es el
preludio de la tragedia devastadora de la Shoá y de todos los horrores de la II
Guerra Mundial, que se desataron después que el totalitarismo nazi vio con sus
propios ojos qué poco le importaba al mundo alrededor suyo sus barbaries y sus
escaladas de violencia criminal.
Los silencios de
noviembre de 1938 mientras ardían sinagogas, edificios, libros de rezo;
mientras se arrastraba a miles a campos de concentración; mientras se asesinaba
en las calles alemanas y austríacas; esos silencios culpables de oprobiosa
omisión y vergonzosa complicidad se hicieron más cómplices y más deleznables
cuando poco después los nazis pusieron en funciones la máquina industrial del
asesinato en masa, maquinaria diseñada con esmero por los profesionales
universitarios alemanes que se unieron a los verdugos voluntarios de Hitler.
¿Han aprendido las
democracias las lecciones de la historia reciente? Somos testigos de que hemos
aprendido algo, tenemos querido olvidar demasiado y necesitamos no solo la
obligación del ejercicio de la memoria, sino el imperioso cumplimiento de
resoluciones internacionales que nos compelen a estudiar y aprender para no
repetir tanta brutalidad, tanto dolor, tanta crueldad del hombre con el hombre.
76 años después de La
Noche de los Cristales Rotos, no solo necesitamos de la memoria para cuidar de
la democracia, y con ella, la libertad, el bien más preciado al que todo hombre
tiene derecho, sin o que es imprescindible no banalizar el mal. La perversidad
del nazismo fue moldeada por hombres que usaron su capacidad intelectual para
perpetrar el genocidio, para hacer del prójimo un objeto, y desde esa
cosificación, destruirlo completamente, incluso sus restos mortales.
Hoy el mal tiene otros
rostros; hoy el terrorismo cree que la destrucción del otro es una forma de
combate legítimo y aun peor, encuentran quienes lo defienden en los foros
internacionales; hoy hay totalitarios, algunos ocultos bajo ropajes liberales,
que banalizan el mal y quieren definir la bestialidad del terrorismo como una
forma de lucha social.
Las democracias no pueden
dejarse engañar nuevamente.
Las lecciones de la
historia son demasiado terribles como para reabrir las puertas de la ingenuidad
o la complicidad nuevamente.
América Latina transita
un período en el cual la calidad de la democracia no pasa examen alguno en
muchos de nuestros países vecinos y no tan vecinos. El antisemitismo que ha
hecho erupción de violencia en la mayor parte de Europa se instaló también en
nuestra América Latina y no en forma fugaz sino que quiere quedarse.
El avance del
antisemitismo en América del Sur ha crecido y se ha contagiado en la última
década, y cuando Israel hubo de defenderse hace escasos meses frente a la
agresión a través de presidentes, cancilleres, académicos, redes sociales,
medios de difusión, incitaron gravemente al odio antijudío y con o sin
intención lograron todo tipo de agresiones antisemitas.
Cuidado con olvidar o
minimizar lo que fue dicho y registrado. Los gobernantes que hablaron de
genocidio no solo banalizaron el concepto en forma soez sino que agraviaron a
sus propios ciudadanos que sí sufrieron genocidio, marcado para siempre en sus
vidas y tatuado en sus brazos.
Respetemos las lecciones
de la historia y defendamos la libertad. Por ellos, hagamos de la memoria un
ejercicio cívico que ampare los derechos de todos los que creemos en la paz y
el diálogo como instrumentos esenciales de convivencia entre los seres humanos.